La otra aplicación es para la estrategia.

La otra aplicación es para la estrategia.

¿A qué objetivo apunta la estrategia? En sus palabras: “introducir la ciencia y la tecnología en el proceso mismo del desarrollo”. La estrategia que plantea Sábato recordemos que en esos tiempos el Estado se definía como un Estado “desarrollista” apunta a ese vértice del triángulo, el G. Siendo dueño de las Empresas del Sector Público (ESP),desde el Estado se puede hacer que éstas las únicas capaces de convertirse en “countervailing power” de las transnacionales se pongan a la tarea de “triangularizar” sus sectores respectivos, poner en acción el flujo regular de relaciones entre el poder, el sistema productivo y el educativo científico tecnológico. Esta era su propuesta en esa etapa inicial de su campaña. Pero pronto podrá comprobar la debilidad de las estructuras. El Estado argentino fue organizado para funciones que no eran las de productor. Aunque se encontraba, por azares de la política, dueño de múltiples empresas, era incapaz de pensar como productor. Nunca asumió esas funciones, anómalas desde el punto de vista de su origen filosófico. Tenía “mala conciencia”, manejaba empresas como provisoriamente, como si no fuera para siempre. Sábato creía, al contrario, que las empresas estatizadas “estaban para quedarse”. Desde esa convicción hizo su campaña por la autonomía tecnológica desde principios de los ‘1970.

Su estrategia de utilizar las ESP seguía el ejemplo francés. Por aquel tiempo, se difundían entre nosotros los éxitos de ese país en tal sentido. En Francia había sido crucial el papel de las empresas del Estado por un lado y las industrias de bienes de capital las que más incorporan los progresos tecnológicos por el otro. Sábato pensó durante algún tiempo que esa experiencia era más o menos trasladable aquí. El “catchingup” con los países industrializados podría tener como agentes a las ESP. Pero la configuración histórico política de Francia es distinta. Se vio ya luego de la Revolución Industrial inglesa cuando fue capaz como comenta Landes en su estudio clásico de acompasarse al país líder unos pocos decenios después del despegue de éste. A mediados del siglo XIX, con una firme burocracia forjada en el sistema de las Grandes Escuelas, sobre todo la Polytechnique, y con un cuerpo de Inspectores del Estado (pensemos en Duhamel de Monceau como arquetipo), había podido emparejar técnicamente a la potencia hegemónica. Y ahora, un siglo después, en tiempo de la V República, realizaba una hazaña parecida.

¿Por qué la diferencia con nuestro país? Francia tenía un Estado saludable y fuerte. La Argentina tenía uno deficiente. Hace poco comentó Alain Touraine que conoce dos países latinoamericanos que carecen prácticamente de Estado: uno es Colombia, el otro la Argentina. Lo veremos después orientando un esfuerzo mayor de conceptualización, que llamaba “Régimen de Tecnología”. Pero no sólo eso. Yo creo que sigue siendo un instrumento irremplazable para pensar estos problemas. ‘Aun ahora que en la Región, y en el país, se sostiene como un dogma que es sólo el sector empresarial privado quien debe ser el agente del desarrollo tecnológico, sigue teniendo virtualidades analíticas y prácticas. Basta nomás con trasladar el énfasis de un vértice a otro. En lugar de G como quería Sábato en su tiempo, no habría más que ubicar el acento en E y todo se hace comprensible.

Miguel Wionzcek escribió en 1987 un comentario feliz sobre lo que para él significaba el triángulo sabatiano: “La combinación de su inmensa capacidad de pensador teórico con sus experiencias en la metalurgia y lo nuclear, le permitió ofrecer una fórmula original, que no se le ocurrió a nadie, por lo menos en Latinoamérica. Esta fórmula decía que el progreso auto sostenido de cualquier sociedad depende en gran medida de la creación de interconexiones permanentes y estrechas entre el sistema educativo, el sector productivo y el poder político”.

El modelo de Sábato tiene una diferencia esencial con el que está ahora de moda y que nos promete la felicidad a través de la inversión extranjera y la tecnología externa: fue pensado desde nuestra región, desde el país. Significa pensar desde lo propio. Como Prebisch cuando postulaba la industrialización de América Latina para superar sus problemas estructurales y pedía que mirásemos a nuestra sociedad más allá de las apariencias. Yo creo que nuestros dirigentes no entendieron nunca lo que quería decir Alberdi cuando reclamaba una “filosofía nacional”. Tampoco entendieron bien a Prebisch. Menos todavía a Sábato.

Así como a Sarmiento lo ilusionaba la idea de llenar de escuelas el país y, aún más, de convertir al país en una gran escuela, a este hombre que vivió entre nosotros lo desvelaba la ilusión de llenar de triángulos el país o, mejor, de convertir al país en un gran triángulo. Esa era, en el fondo, su ilusión. Y ese es un motivo para que nos limitemos a comentar de su rico pensamiento casi únicamente el triángulo, una figura geométrica que es simple, pero que ha sido, desde los pitagóricos y la Academia platónica ¡en cuyo frontispicio se leía “nadie sin geometría!”.