
Cuando nació la ciencia de la informática se pensó que las nuevas máquinas, capaces de realizar operaciones aritméticas por sí solas y con una cierta capacidad de operación, iban a resolver absolutamente todos los problemas que tenía el hombre. Ya entonces se empezó a pensar en ordenadores que hablaran en todos los idiomas de la tierra, robots “amas de casa”, grandes “androides” (mitad hombre, mitad robot) capaces de trabajar en las peores circunstancias, etc. Sin embargo, esta euforia inicial, causada principalmente por el desconocimiento real de la nueva rama de la ciencia, acabó muy pronto: Un ordenador tan grande como una casa (el ENIAC, por ejemplo) necesitaba “una eternidad de tiempo” para realizar una simple multiplicación. Posteriormente, cuando pasados unos años de estudios sobre el camino que debía tomar esta ciencia en su evolución se resolvieron los primeros problemas físicos (como el paso de las válvulas a los transistores y de estos últimos a los circuitos integrados las famosas “cucarachas”), comenzó de nuevo otra euforia sobre la capacidad límite de los nuevos ordenadores. Se podría conseguir un ordenador que fuera capaz de almacenar toda la información que existe en la Biblioteca Nacional de forma que el lector no tuviera que desplazarse al edificio de la Biblioteca, sino que desde su casa podría consultar cualquier libro que estuviera almacenado en la memoria del “maravilloso ordenador”. Y no sólo se pensó en estas tareas: los ordenadores serían capaces de saberlo todo. Si alguien necesitara saber cuántos goles le metió el Athletic de Bilbao al Castellón en el partido de fútbol de Copa en 1973 y cuántos recibió, bastaría con preguntárselo al ordenador. De nuevo el tiempo volvió a demostrar a los desmesuradamente optimistas que lo que ellos deseaban todavía iba a tardar muchos años en poder realizarse.
Sin embargo, un “poso” de estas magníficas ideas sí que logró cundir en algunos profesionales de la informática. Sin embargo, sí podría ocurrir que un ordenador lo programáramos para que supiera todo, pero sobre un solo tema”.
Así, pues, podríamos disponer de un ordenador que sólo supiera sobre los partidos que se juegan en la Copa del Rey, y nada más que sobre eso. Si al ordenador le preguntáramos quién va el primero en la Liga, él no lo sabría, puesto que no estudia el tema “partidos de Liga”. Este tipo de tareas se realizó rápidamente, puesto que lo único que se necesitaba era memoria suficiente en el ordenador para almacenar toda la información (sobre los partidos de Copa jugados, por ejemplo). Pero alguien pensó si no sería posible que el ordenador fuera capaz de suministrar información más inteligente sobre el tema tratado: Se intentaría que el ordenador diera su opinión sobre quién va a ganar la Copa este año. Para conseguir esto hace falta que la máquina trabaje de forma inteligente con los datos que posee (que son los resultados de los partidos de Copa) para obtener una información que no poseía previamente. Pues bien, al intento de crear un sistema basado en ordenadores que se ocupe de un determinado tema y que sea “medianamente inteligente” se le ha llamado sistema experto sobre ese tema. Lo de “experto” puede referirse a que el ordenador se convierte en un experto sobre el tema tratado debido a la gran cantidad de información sobre esa materia que posee.
Qué es un sistema experto
Un sistema experto se puede definir, más concretamente, como una estructura de programación capaz de almacenar y utilizar, con menos restricciones de las presentes en un programa clásico, algún tipo de conocimiento sobre una determinada área. Expliquemos un poco esta definición. Como cualquier otro paquete de trabajo sobre un ordenador, el sistema experto es una estructura de programación, es decir, es un programa. Sin embargo, no es un programa de ordenador normal como el que hacemos en el ordenador que tenemos en casa, puesto que su estructura es diferente: no tiene las mismas partes que tienen los programas clásicos. Esta estructura de programación es capaz, básicamente, de dos cosas: puede almacenar información, como si fuese una base de datos, sobre el tema considerado; ·tiene la facultad de utilizar esa información para obtener unos resultados que no existían previamente en el ordenador. Esto lo realiza mediante una técnica que es la que realmente diferencia a los sistemas expertos de los programas clásicos. Otras características específicas de los sistemas expertos se encuentran, además de las ya explicadas de uso general (almacenar y utilizar), en la capacidad de aprendizaje y el poder de inferencia. La capacidad de aprendizaje de un sistema experto, aunque parece una cualidad futurista y extravagante, resulta fácil de implantar, se convierte en una herramienta muy útil a la hora de que el sistema mejore respecto del momento de su creación. En cualquier caso, la capacidad de aprendizaje es limitada y, además, debe estar supeditada al control del ingeniero que gestiona el sistema experto. Es importante diferenciar al usuario del “ingeniero del conocimiento”. El usuario es la persona que utiliza el sistema, como si fuese el dueño de una casa. El ingeniero del conocimiento se ocupa de que el sistema funcione como quiere el usuario.

Belén Stettler, oriunda de Río Gallegos, Santa Cruz, Argentina, cuenta con 35 años y es Licenciada en Ciencias de la Comunicación Social por la Universidad de Buenos Aires (UBA). A lo largo de sus 13 años de trayectoria en comunicación política, ha trabajado como consultora en Buenos Aires, especializándose en estrategia, investigación y comunicación directa. Ha dirigido equipos de comunicación en diversas campañas. Su experiencia incluye roles importantes en la Obra Social del Personal de Seguridad Pública de Buenos Aires, la Vicejefatura de Gobierno de Buenos Aires, Claves Creativas, Ford Argentina y AkzoNobel, iniciando su carrera en Grupo Suessa Organización Empresaria.
