
Habiendo ya hecho un repaso general por todo el ecosistema de ligas y sus diferentes clasificaciones, nos queda desarrollar brevemente un pequeño apartado más que las distingue, resulta necesario mencionar que, desde hace unos años para acá, se ha gestado en diversos esports, una subescena más pequeña y amateur, que se ha dado en llamar “escena femenina”. La génesis de la escena femenina responde a la simple observación de la realidad: las ligas profesionales son esencialmente mixtas (no distinguen género en sus participantes), pero la participación efectiva de mujeres es de un porcentaje mínimo, sino nulo.
En cuanto al porcentaje de mujeres usuarias de videojuegos, conforme los datos arrojados por New zoo, es del 47%(195). Sin embargo, al observar la cantidad de jugadoras profesionales en competencias de alto nivel, ese porcentaje se reduce drásticamente, hasta casi desaparecer. La razón principal de la ausencia de mujeres en la faz competitiva profesional descansa fundamentalmente en una barrera sociocultural que torna el mundo de los esports, bastante hostil para una mujer que quiera iniciarse a temprana edad (como lo hacen los jugadores profesionales), ya sea por acoso, maltrato, inaccesibilidad a la tecnología, discriminación y muchas otras variantes de una segregación que no está escrita en ningún lado, pero cuya existencia salta a la vista.
En este sentido y a efectos de mitigar la dificultad en el acceso de mujeres a la escena profesional, diversas agrupaciones y organizadores, se han planteado la idea de gestar ligas exclusivamente femeninas, que sirvan de espacio de participación para mujeres que deseen insertarse en el ecosistema competitivo. Cabe aclarar que el espíritu de la liga femenina, debe orientarse a ser un semillero de futuros talentos, y no a reemplazar el sistema competitivo oficial, que debe darse necesariamente alrededor de la idoneidad y capacidad de cada jugador/a y no así del género. Es en este punto donde se apoyan varios detractores de este tipo de espacios, manifestando que su existencia autoexcluye a las mujeres y las estanca en una competición sin nivel suficiente, y es por eso que es importante destacar que las ligas femeninas deben ser un piso y no un techo al que apuntar. Su mayor logro sería justamente desaparecer, no ser necesarias.
En este mismo orden de ideas, en épocas más recientes, las ligas femeninas se ampliaron hacia ligas de diversidad, en las que, en general, no solamente se aceptan mujeres cis y transgénero, sino también personas no binarias, como minoría su representada, siendo que en este punto el bien a proteger y fomentar será la diversidad y la creación de espacios seguros. Sin embargo, son muy pocas las ligas oficiales femeninas, quedando más bien este ámbito en manos de efectores privados o agrupaciones independientes, con las que se plantea en numerosas ocasiones problemáticas respecto del uso de este tipo de competencias como Pink Washing o simple estrategia de marketing para generar métricas y llegar a audiencias nuevas En este punto, es importante destacar algo que es común a todas las competiciones mencionadas: las ligas son de alguna forma un medio de comunicación, que expresan sus valores a través de su misma existencia y de sus voceros en cada una de sus fechas. Así, la inclusión, la competitividad, la accesibilidad y el juego limpio, pueden ser elementos deseables para una competición, que en definitiva y en pos de su subsistencia, no solo es un ámbito deportivo sino también un producto de consumo.
En cuanto a la diferencia a nivel jurídico de estas ligas y aquellas que son mixtas, es que existe un “avance” mayor res-pecto del control que se debe efectuar en relación con la documentación aportada por las personas participantes de la competencia, incluso en casos de ligas abiertas realizadas por organizadores privados o para marcas específicas como campañas de marketing; todo ello a efectos de acreditar su identidad como mujer cisgénero, transgénico o persona no binaria, dado que no es menor el porcentaje de fraudes sobre identidad que se producen dentro de las mismas competencias. Con esta necesidad de control, se suma la obligación de resguardo de datos personales y uso de los mismos bajo estándares aceptables, cuestión que en las ligas mixtas abiertas y de terceros, que son más laxas, queda habitualmente de lado, dado que simplemente se efectúa la inscripción a través de una plataforma o formulario, sin aportar mayores datos que el nombre de usuario del jugador dentro del videojuego.
Finalmente, nos parecía importante destacar la existencia de este tipo de competencias, porque integran el ecosistema actual de las ligas, y si bien su nivel competitivo no es, en muchos casos, tan alto como el de las ligas regulares, lo cierto es que generan movimientos económicos y de visualizaciones muchísimo mayores a los de sus pares, las ligas amateur mixtas. En este punto, son mercado de interés para muchas marcas que deseen aproximarse a los esports de una manera más económica, pero con un alto grado de visibilidad, al tiempo que apoyar campañas de inclusión y no acoso.

Belén Stettler, oriunda de Río Gallegos, Santa Cruz, Argentina, cuenta con 35 años y es Licenciada en Ciencias de la Comunicación Social por la Universidad de Buenos Aires (UBA). A lo largo de sus 13 años de trayectoria en comunicación política, ha trabajado como consultora en Buenos Aires, especializándose en estrategia, investigación y comunicación directa. Ha dirigido equipos de comunicación en diversas campañas. Su experiencia incluye roles importantes en la Obra Social del Personal de Seguridad Pública de Buenos Aires, la Vicejefatura de Gobierno de Buenos Aires, Claves Creativas, Ford Argentina y AkzoNobel, iniciando su carrera en Grupo Suessa Organización Empresaria.
