
Estados Unidos fue el país donde este destino se realizó desde el principio, donde calzó como un guante la utopía de Francis Bacon, el programa de convertir la Ciencia en Poder. Allí los Padres Fundadores descubrieron una correspondencia entre el sistema constitucional y la mecánica newtoniana. Y los más grandes, Franklin y Jefferson, fueron tanto hombres de ciencia como políticos. Estados Unidos es la nación que surgió del primer esfuerzo histórico por casar las ideas científicas con las políticas. La comunión de la sociedad americana con la técnica data de los orígenes mismos del país. Gran Bretaña fue el más ilustre pueblo marítimo, pero el autor de la Biblia de los Navegantes, el Practical Navigator, fue un americano. En el siglo XVII, cuando Inglaterra tenía escasos aserraderos, Massachussetts tenía setenta. Ciertos trabajos se automatizaron en le Unión ya antes de 1800. Perkins inventó una máquina de hacer clavos en 1796. Burden, en 1830, fabricaba una herradura por segundo. La producción masiva no esperó por Taylor y Ford. La escasez de mano de obra, los altos salarios y la marcha hacia las fronteras dieron el impulso para el desarrollo de la máquina. Pero las innovaciones incesantes no pueden ser explicadas sólo en términos económicos. Hubo un sentido romántico y emotivo en la comunión de la sociedad norteamericana con su tecnología. Tuvo que ver también con el grandioso sueño de la Democracia en la cual cada uno puede participar de la buena vida. La mecánica innovativas forma una parte importante de aquella civilización.
Este es el mundo que visitaron Sarmiento y Alberdi y del que cada uno de ellos sacó modelos, según su propio instinto, para la Argentina que había que construir luego de Caseros. El sanjuanino tuvo ocasión de poner en obra elementos de la idea que se había formado acerca del desarrollo de esa sociedad, de la que destacaba la vigencia de un principio moral que liga la virtud con el bienestar. Trayéndolo al eminente astrónomo Benjamin Gould y fundando el Observatorio de Córdoba, contratando a Burmeister pero además dictando conferencias sobre Darwin, escribiendo sobre Francisco Javier Muñiz, poniendo a Ameghino al lado de Agassiz. Su arquetipo de la excelencia humana se acercaba al del sabio, el que estudia, clasifica y explica la realidad. Por cierto, que, correspondiendo al talento proteico de Sarmiento, se encuentra en sus escritos una línea decidida de admiración por la inteligencia práctica del norteamericano, personalizada en Benjamin Franklin, pero lo que de él trascendió a la sociedad fue su modelo científico. Arrancó una serie notable de estudiosos inclinados a la Biología y las Ciencias Naturales.
El arquetipo de Alberdi era diferente. Lo personifica en William Wheelwright, un empresario cristiano de Massachusetts sobre el que escribió una biografía que es también radiografía social de América del Sur. El yanqui había fundado en Valparaíso la primera línea de vapores del Pacífico meridional. Construyó ferrocarriles y elaboró el gran proyecto de unir el Pacífico con Europa a través de los Andes y el Plata. Como parte de esa idea, contrató con el gobierno el tendido del Central Argentino, sus tramos a Rosario y a Córdoba. El primero fue inaugurado por el Presidente Mitre en 1863. Córdoba saludó en 1870 “el más grande acontecimiento civilizatorio que haya presenciado la República”. En este hombre de empresa escribió su biógrafo se personifica la influencia de la acción del espíritu civilizador de los Estados Unidos.
El tucumano había imaginado un “yankee hispanoamericano”, producto antropológico ideal fraguado sobre la inmigración del Norte de Europa. A esos pueblos industriosos y cultos les repelía el sol tropical, buscaban la nieve vista desde niños y cuya presencia, según los alemanes, representa la civilización. Los países sudamericanos no poseían esos climas vigorizantes, salvo más al sur de los 40 grados, en la Patagonia. Esa inmigración requería también puertos sobre el Atlántico. Y los teníamos, sobre los territorios del Sur. Bellos, numerosos y desiertos. Todos nuestros puertos internacionales eran fluviales. Pudiendo estar como Holanda, estábamos encerrados en nuestros ríos “como un nuevo Paraguay de más afuera”. Las minas de nuestra riqueza futura estaban en las costas del Sur, en la pesca marítima como industria: a ella le debían Estados Unidos, Suecia y Noruega una gran parte de sus riquezas y su aptitud de pueblos navegantes.
El episodio de la ciudad industrial de Nahuel Huapi proyectada por Bayley Willis a pedido del ministro Ramos Mejía en tiempos del Centenario ilustra sobre la manera coincidente con la de Alberdi con que apreciaron algunos estadistas de nuestros tiempos prósperos de principios del siglo el problema del desarrollo patagónico. Corresponde a una línea histórica que arranca tan lejos como el gobierno de Rivadavia y remata en la propuesta radical del Alberdi que escribió “No son las leyes lo que necesitamos cambiar; son los hombres, las cosas”; eso que Canal Feijóo llamaba “su reformismo casi satánico de las “Bases”.
La Patagonia era para él, como región vacía, una tabula rasa para el experimento “palingenésico”.
Todo lo que nos falta saber sobre esa inmensa región nos lleva a las referencias iniciales de esta nota: conocimiento y tecnología como base de desarrollo de una gran frontera económica. Retomamos el ejemplo norteamericano. En el siglo pasado ellos pusieron sus cuerpos técnicos, sus geólogos, ingenieros, topógrafos, agrimensores, sanitaristas, meteorólogos la propia Academia militar de West Point formaba tanto ingenieros como soldados en una tarea sin pausas hasta que se inventariaran los aspectos morfológicos de la mayor parte de su geografía. Esto permitió la prodigiosa movilización que vino después. Ya en tiempos de Lincoln una de las leyes básicas financió con tierras públicas a las universidades estaduales para la formación en disciplinas tecnológicas y aplicadas. Hay una gran tarea para las universidades y los institutos de investigación de la Patagonia, cuyo crecimiento en cantidad y calidad ha corrido parejo con la sociabilidad general. Pero nos engañaríamos si olvidásemos, por ocuparnos aquí de un tema específico, que las restricciones mayores residen en aspectos socioeconómicos. El modelo de desarrollo tradicional debe ser adaptado a las nuevas circunstancias del país, aprovechando al máximo la ruptura política de los controles centralizados que tuvo por cien años la región. Con la base de una gran flexibilidad y pluralismo, la ciencia y la tecnología deberían brindar las herramientas básicas del desarrollo.

Belén Stettler, oriunda de Río Gallegos, Santa Cruz, Argentina, cuenta con 35 años y es Licenciada en Ciencias de la Comunicación Social por la Universidad de Buenos Aires (UBA). A lo largo de sus 13 años de trayectoria en comunicación política, ha trabajado como consultora en Buenos Aires, especializándose en estrategia, investigación y comunicación directa. Ha dirigido equipos de comunicación en diversas campañas. Su experiencia incluye roles importantes en la Obra Social del Personal de Seguridad Pública de Buenos Aires, la Vicejefatura de Gobierno de Buenos Aires, Claves Creativas, Ford Argentina y AkzoNobel, iniciando su carrera en Grupo Suessa Organización Empresaria.
