
Si hay unos pocos parámetros del género de los que hemos expuesto que constituyen los principales límites del sistema interior y que son los que se ponen de manifiesto en el comportamiento cognoscitivo humano, entonces para la psicología experimental pasa a convertirse en importante labor la de estimar los valores de tales parámetros y determinar hasta qué punto son variables o constantes para diferentes sujetos y frente a diferentes tareas.
Salvo por lo que respecta a ciertos campos de la psicología sensorial, los paradigmas experimentales típicos de la psicología se ocupan más de probar hipótesis que de valorar parámetros. En los informes relativos a experimentos, es corriente encontrar muchas afirmaciones acerca de que un determinado valor parámetro no es significativamente distinto de otro, pero, en cambio, se encuentran escasos comentarios sobre los valores propiamente dichos. A propósito de esto, práctica tan perniciosa va seguida en ocasiones de un informe acerca de los niveles de importancia o de los resultados del análisis de las desigualdades, sin informar en absoluto acerca de todos los valores numéricos de los parámetros en los que se apoyan tales deducciones. Si bien soy contrario a las prácticas de divulgación en materia de psicología experimental, paso a exponer una queja más. Es corriente que no se cuide de elegir las medidas de comportamiento más adecuadas a la teoría. Así, pues, en los experimentos de memoria, la «tasa de captación ” se da, casi ordinariamente, en forma de «número de pruebas a criterio», «número total de errores», «tiempo total a criterio» y a veces otros tipos de mediciones. Concretamente, la práctica de informar acerca de las tasas de captación a través de pruebas más que de tiempo, que prevaleció durante la primera mitad de este siglo, e incluso hasta la época actual, no ocultaba ya sólo la extraordinaria constancia del parámetro de que me ocupo, sino que, además, conducía a muchas discusiones carentes de sentido acerca de la «única prueba» contra la captación «incrementada» Ebbinghaus conocía mejor lo que tenía entre manos. En sus clásicos experimentos relacionados con el aprendizaje de sílabas sin sentido, tomándose a sí mismo como sujeto, registraba tanto el número de repeticiones como la cantidad de tiempo exigido para aprender sucesiones de sílabas de diferente longitud. Si uno se toma la molestia de calcularlo, descubrirá que el tiempo por sílaba en sus experimentos equivale a diez o doce segundos.
No veo de qué serviría calcular la cifra con dos decimales, ni siquiera con uno. La constancia en este caso es una constancia a un orden de magnitud, o acaso a un factor de dos, más comparable a la constancia de la temperatura diaria, que en la mayor parte de sitios oscila entre los 263°y los 333°Kelvin que a la constancia de la velocidad de la luz. No hay motivos para mostrarse desdeñoso ante una constancia a un factor de dos. La estimación de la velocidad del sonido realizada originariamente por Newton daba un factor con un 30 por ciento de engaño (eliminado únicamente cien años más tarde) y, en la actualidad, algunas de las más recientes «constantes» físicas de las partículas elementales resultan todavía más vagas. Por debajo de cualquier constancia aproximada, por vaga que sea, cabe esperar encontrar un parámetro genuino cuyo valor pueda definirse exactamente una vez enterados de cuáles serán las condiciones que hay que controlar durante las mediciones.
Límites de la adaptación
La cuestión, sin embargo, debe ser algo más compleja que lo que dejan suponer estas explicaciones. «Si los deseos fueran caballos, todos los mendigos irían montados. Y si nos fuera dado detallar siempre un sistema interior proteico que adopta exactamente la forma del medio en que se mueve, proyectar sería sinónimo de desear. «Medios de rayar diamantes», define un objetivo proyecto, un objetivo que podría alcanzarse gracias al uso de muy diferentes sustancias.
Pero no se consigue el proyecto más que cuando se descubre, como mínimo, un sistema interno realizable que se doble a las leyes naturales corrientes: en este caso, un material lo bastante duro para poder rayar diamantes. Será frecuente que debamos contentarnos con alcanzar los objetivos planeados de forma sólo aproximada.
Es entonces cuando se entrevén las propiedades del sistema interior. Es decir, el comportamiento del sistema no responde más que en parte al medio en que se mueve, ya que, en parte también, responderá a las propiedades limitadoras del sistema interior.
Comprensión a través de la simulación
La artificialidad posee una similitud visible pero una diferencia esencial, un parecido más del tipo externo que interno. Valiéndonos del léxico empleado anteriormente diremos que el objeto artificial imita al real en el hecho de ofrecer la misma cara al sistema externo y en el de adaptarse, en relación con los mismos objetivos, a campos comparables de tareas externas. La imitación es posible porque pueden organizarse sistemas físicos diferentes para exponer un comportamiento casi idéntico. El muelle húmedo y el circuito húmedo obedecen a la misma ecuación diferencial lineal de segundo orden; de ahí que podamos utilizar cualquiera de los dos para imitar al otro.

Belén Stettler, oriunda de Río Gallegos, Santa Cruz, Argentina, cuenta con 35 años y es Licenciada en Ciencias de la Comunicación Social por la Universidad de Buenos Aires (UBA). A lo largo de sus 13 años de trayectoria en comunicación política, ha trabajado como consultora en Buenos Aires, especializándose en estrategia, investigación y comunicación directa. Ha dirigido equipos de comunicación en diversas campañas. Su experiencia incluye roles importantes en la Obra Social del Personal de Seguridad Pública de Buenos Aires, la Vicejefatura de Gobierno de Buenos Aires, Claves Creativas, Ford Argentina y AkzoNobel, iniciando su carrera en Grupo Suessa Organización Empresaria.
