
Lo que nos dicen, en primer lugar, es que los seres humanos no siempre descubren por sí solos estrategias inteligentes que aprenderían con facilidad (contemplando jugar al ajedrez a un maestro, un necio podría convencernos de lo mismo). Ésta es una conclusión que apenas sorprende pero que puede ser instructiva. Insistiremos otra vez sobre este punto. En segundo lugar, los experimentos nos dicen que los seres humanos no poseen medios suficientes para acumular la información en la memoria, lo cual les permitiría aplicar la estrategia eficaz, a no ser que la presentación de estímulos se realizase de forma mucho más lenta o que a los sujetos se les autorizasen medios de ayuda memorística, o ambas cosas a la vez. Puesto que sabemos por otras pruebas que los seres humanos son capaces virtualmente de un almacenamiento ilimitado semipermanente (según se ve por su capacidad de seguir acumulando hechos dispares en la memoria a lo largo de gran parte del tiempo que dura una vida), el atasco del experimento acaso estribe en lo reducido del rápido acceso de lo almacenado (la llamada memoria a corto plazo) y en el tiempo que se necesita para trasladar cosas del almacenamiento limitado a corto plazo al almacenamiento a gran escala y a largo plazo.
Por comprobaciones obtenidas con otros experimentos, se ha calculado que en la memoria rápida y a corto plazo no pueden retenerse más de siete cosas (y a veces únicamente dos) y que se necesitan cinco segundos para trasladar algo del sector de almacenamiento a corto plazo al sector de almacenamiento a largo plazo. Para que estas afirmaciones pasen a ser operantes, deberemos ser más precisos al referirnos a «cosa”. De momento, admitamos que un concepto simple sea una cosa”. Incluso sin papel ni lápiz, cabe esperar que un su-jeto aplique la estrategia apropiada si: 1) se le instruye en dicha estrategia y 2) se le conceden de veinte a treinta segundos para responder y procesar el estímulo en cada prueba. Dado que no he probado el experimento, tal afirmación subsiste como predicción, para poner a prueba de acuerdo con ella la teoría.
Una vez más, es posible que el resultado pudiera parecer obvio, por no decir trivial. De ser así, voy a recordar que es obvio únicamente en el caso de aceptar mi hipótesis general: que en gran parte el comportamiento humano, dirigido hacia un objetivo, no hace sino reflejar la forma del medio en que aquél se desenvuelve; para poderlo predecir sólo es preciso un conocimiento superficial de las características del sistema de información-proceso. En este experimento, las características apropiadas resultan ser: 1) la capacidad de la memoria a corto plazo, medida según el número de cosas a integrar (o «tramos», como yo los llamaré); 2) el tiempo exigido para fijar una cosa, o «tramo, en la memoria a largo plazo. En la próxima sección indagaré acerca de lo compatibles que puedan ser estas características en un medio de tareas a realizar.
Antes de proceder adelante, quiero hacer un comentario comprueban tener los sujetos y de los efectos que pueden resultar de sujetos entrenados. Que las estrategias puedan aprenderse es un hecho que no sorprende a nadie, ni tampoco que las estrategias aprendidas puedan modificar profundamente una actuación y aumentar su eficacia. Todas las instituciones educativas han sido fundadas basándose en estos supuestos. Su alcance total, sin embargo, no siempre ha sido valorado plenamente por los psicólogos que realizan experimentos en el campo de la actividad cognoscitiva. Dado que un comportamiento constituye una función de una técnica aprendida más que unas características «innatas» del sistema humano referido a procesar información, nuestro conocimiento del comportamiento debe ser considerado más sociológico por su naturaleza que psicológico, es decir, revelador de lo que en realidad aprenden los seres humanos al desarrollarse en un determinado medio social. El hecho de cuándo y cómo aprenden determinadas cosas pudiera ser una cuestión difícil, si bien no debemos confundir las estrategias aprendidas con las cualidades integrantes del sistema biológico.
Los datos recogidos por Bartlett y en nuestro laboratorio sobre la labor criptaritméticos ilustran este mismo punto. De hecho, diferentes sujetos aplican diferentes estrategias a aquella labor: tanto el abanico de estrategias que señalaba en apartados anteriores como otras distintas. Cómo las aprenden o cómo las descubren al realizar la tarea es cosa que ignoramos, pese a saber que la sofisticación en la estrategia varía en relación con la exposición previa de la misma al sujeto y con su propia familiarización con las matemáticas. Pero, dejando aparte las estrategias, la única característica humana que se pone de manifiesto en forma muy mar-cada en la tarea criptaritméticos es la limitada dimensión de la memoria a corto plazo. La mayor parte de las dificultades con que tropiezan los sujetos al echar mano de las estrategias más combinatorias. El sujeto se siente molesto simplemente porque olvida dónde se encuentra, cuáles son las asignaciones que ha probado ya, qué es lo que demuestran tales asignaciones y las que hizo condicionalmente. Éstas son las dificultades que surgirían necesariamente ante un procesador que no pudiese retener más que unos pocos «tramos» en la memoria a corto plazo y que exigiese más tiempo del disponible para trasladarlos a la memoria a largo plazo.

Belén Stettler, oriunda de Río Gallegos, Santa Cruz, Argentina, cuenta con 35 años y es Licenciada en Ciencias de la Comunicación Social por la Universidad de Buenos Aires (UBA). A lo largo de sus 13 años de trayectoria en comunicación política, ha trabajado como consultora en Buenos Aires, especializándose en estrategia, investigación y comunicación directa. Ha dirigido equipos de comunicación en diversas campañas. Su experiencia incluye roles importantes en la Obra Social del Personal de Seguridad Pública de Buenos Aires, la Vicejefatura de Gobierno de Buenos Aires, Claves Creativas, Ford Argentina y AkzoNobel, iniciando su carrera en Grupo Suessa Organización Empresaria.
